viernes, 30 de diciembre de 2022


 

El pueblo ante la ausencia de derecho

POR: Atilio Boron

http://www.atilioboron.com.ar


Bio de Atilio


Atilio Alberto Borón (Buenos Aires1 de julio de 1943) es un politólogo y sociólogo argentino, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard. Actualmente es Director del Centro de Complementación Curricular de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Avellaneda. Es asimismo Profesor Consulto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires    e Investigador  del IEALC, el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. Recientemente se retiró en calidad de Investigador Superior del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas). Fue  Vicerrector de la Universidad de Buenos Aires (1990-1994) y Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) entre 1997 y 2006.  Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Es Doctor Honoris Causa de las universidades nacionales de Cuyo, Salta, Córdoba y Misiones, en la Argentina: de la Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt de Cabimas (Zulia, Venezuela), Premio Internacional José Martí de la UNESCO (2009) y Premio Honorífico de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas (La Habana, Cuba), del año 2004.


El pueblo ante la ausencia de derecho
diciembre 26, 2022

¿Por qué hay jueces que van a jugar tenis o paddle o al fútbol con el principal interesado en que emitan una sentencia condenatoria y no se excusan? Por qué la Corte Suprema declara inconstitucional la composición del Consejo de la Magistratura después de diez y seis años y de paso devuelve vigencia a una ley derogada que, casualmente, le da la presidencia del Consejo? ¿Por qué se entromete en la forma en que se configuran los bloques del Senado Federal? ¿Por qué permanece indiferente cuando se constata que hay jueces que reciben un viaje pago por un magnate y programan cómo lo disimularán en descaradas conversaciones registradas? ¿Por qué la Corte Suprema decide cuestiones sanitarias y epidemiológicas, como las clases presenciales, sin pedir la opinión de ningún perito?

Estas son algunas de las preguntas que se hace el ex juez de la Corte Suprema, Raúl Zaffaroni, en su demoledor artículo publicado en La Telca Ñ de hoy, 26 de diciembre. Y ante esta premeditada destrucción de toda juridicidad en este espacio vacío de Derecho la única salida es política, y el protagonista excluyente es el pueblo.

Lean y difundan este esclarecedor documento, con el cual me identifico plenamente.

El pueblo ante la ausencia de derecho

Por E. Raúl Zaffaroni*

(para La Tecl@ Ñ)¿

Pesará más una pluma o un elefante? No se sabe.

Si estuviésemos en un planeta pequeño, sin gravedad, no podríamos decir qué es pesado y qué liviano. Aquí no podemos saber qué es lo lícito y lo ilícito, porque no tenemos derecho: estamos en el vacío jurídico.

 

Las leyes son vigentes cuando emanan de autoridad legítima, pero para ser derecho requieren un mínimo de eficacia, es decir, que en alguna medida se cumplan en la realidad social. Pero cuando las instituciones que deben hacer cumplir esas leyes son las que las violan, desaparece el derecho: no sabemos qué es lícito y qué ilícito, como en el pequeño planeta no sabríamos si una pluma es más liviana o pesada que un elefante.

 

Lo que queda cuando desaparece el derecho son meros ejercicios de poderes, en un espacio vacío de derecho, no antijurídico, sino ajurídico.

 

Lo que nos está sucediendo a los argentinos no es un supuesto en que lo antijurídico venció a lo jurídico, como sucedería en un abierto golpe de estado, sino porque, a causa de la creciente ineficacia legal, se fue abriendo un enorme hueco jurídico que se agranda y profundiza. No sabemos qué es lo lícito y lo ilícito, lo único que vemos en que un selecto grupo de quienes debían garantizar el derecho, pasaron a usar ese poder para hacer desaparecer el derecho.

 

Acaso, cuando cada cual hace lo que quiere, en la estricta medida en que su fuerza se lo permite ¿no es el caos? Sí, precisamente el caos es la ausencia del derecho, el hueco de lo ajurídico.

 

¿Por qué la Corte Suprema declara inconstitucional la composición del Consejo de la Magistratura después de diez y seis años y de paso devuelve vigencia a una ley derogada que, casualmente, le da la presidencia del Consejo? ¿Por qué se entromete en la forma en que se configuran los bloques del Senado Federal? ¿Por qué permanece indiferente cuando se constata que hay jueces que reciben un viaje pago por un magnate y programan cómo lo disimularán en descaradas conversaciones registradas? ¿Por qué viajaron junto con los dirigentes de Clarín? ¿Por qué la Corte Suprema ignora que una sentencia fue pronunciada por una familia de jueces sometidos a un gobernador? ¿Por qué para confirmarla dicen que no tiene importancia que no se reciba la declaración de un testigo sin que el recurrente diga lo que supone que el testigo habría de declarar? ¿Por qué la Corte Suprema decide cuestiones sanitarias y epidemiológicas, como las clases presenciales, sin pedir la opinión de ningún perito? ¿Por qué la Corte Suprema dice que no le interesa abrir la instancia, cuando por instrumento público se prueba que al principal testigo se le pagó con un hotel?

 

Pero, además, la Corte permanece indiferente ante hechos jurídicamente aberrantes. ¿Por qué no dice nada cuando, en lugar de citar a un procesado, se lo detiene de madrugada y se lo muestra en pijama y descalzo por televisión? ¿Por qué un juez puede citar a nueve indagatorias en un mismo día? ¿Por qué hay jueces que concentran todas las causas que quieren en su tribunal violando la regla elemental del juez natural? ¿Por qué hay jueces que desconocen la cosa juzgada? ¿Por qué hay jueces que van a jugar tenis o paddle o al fútbol con el principal interesado en que emitan una sentencia condenatoria y no se excusan? ¿Por qué hay jueces que inventan los vínculos residuales como impedimento para la excarcelación? ¿Por qué hay jueces que procesan por traición a la patria cuando nunca hubo guerra? ¿Por qué no avanzan las causas que involucran a funcionarios que endeudaron astronómicamente al país? ¿Por qué no se cita a los que financiaron el grupo del que surgió el border que intentó matar a la vicepresidenta? ¿Y por qué permite que uno de sus propios jueces no se excuse en causas en que son parte sus ex–clientes?

Los ¿por qué? son estos y muchos más, y la respuesta es única: porque se le da la gana a la Corte y a los jueces que encubre.

Y ahora, en una causa de carácter pura y gravemente institucional, en que se discute casi un nuevo Cepeda, la Corte no la resuelve, la mantiene en un cajón durante años, pero resuelve disponer una medida cautelar contra el Estado del que ella es parte, obviamente. Una medida cautelar, igual que cuando en un juicio comercial se embarga a un posible deudor o en uno penal se detiene a un posible prófugo. ¿Acaso la Corte considera al Estado un posible insolvente? ¿Lo considera un potencial prófugo?

No, no lo hace por eso, prefiere no decidir la causa de fondo, que tiene cajoneada desde hace años, se supone porque la están estudiando, durante años, aunque, por cierto, en los últimos tiempos el nivel jurídico de sus sentencias no parece reflejar semejante profunda meditación.

En lugar de sentenciar, en una cuestión institucional como es nada menos que la coparticipación federal, la Corte decide proceder como si fuese un juicio comercial, dándole provisoriamente la mitad a cada uno. Y al hacerlo sabe que miente, que no lo hace en forma provisoria, porque sabe que no tiene términos para resolver y que ese reparto mercantilista durará hasta que, cuando se le ocurra, quiera resolver la cuestión de fondo y firmar y agregar pulcras fojas de papel blanco a un expediente empolvado de fojas amarillas, oxidadas por el tiempo.

Como la Corte no tiene términos, eso sucederá el día que quieran sacarla del cajón de las sorpresas, donde guardan sin resolver las causas más increíbles, para plumerearlas cuando lo consideran oportuno. Si, como dice el tango, veinte años no es nada, menos son diez o quince.

Y ahora se amenaza al ejecutivo acusándolo de incumplimiento de una decisión judicial. Mientras interpone recursos no incumple nada. ¿Pero después, cuando se rechacen los recursos? ¿A qué quiere obligar al ejecutivo? ¿A violar la ley de presupuesto? Si lo hiciese incurriría en un delito de malversación. ¿La Corte no leyó el código penal? No me imagino en posición de defensor de un presidente, debiendo alegar ante un tribunal penal, que es inculpable de malversación, por coacción de la Corte Suprema.

 

¿Y por qué la Corte Suprema coaccionaría a un ejecutivo?

Pues, porque se le da la gana.

¿Las decisiones de la Corte y del grupo de jueces protagonistas de estos hechos son antijurídicas? Podríamos perdernos en consideraciones sobre esa calificación conforme a la Constitución. ¿Pero para qué serviría hacer eso, si habría que alegarlo en última instancia ante la propia Corte? Se trataría de un juego en el que alucinaríamos las posibles respuestas de un derecho inexistente por ineficaz, porque no hay nadie ante quien reclamar su observancia. Clamaríamos en el vacío y, por cierto, el vacío no da respuestas; como máximo nos ilusiona con el eco de nuestras propias voces: somos nosotros mismos que nos escuchamos. ¿No será mejor dedicarnos a la jardinería, a la cocina o al origami?

No estamos ante lo antijurídico, sino ante lo ajurídico, ante un vacío de derecho, un hueco jurídico, como si estuviésemos en el pequeño planeta sin gravedad y no podríamos saber si una pluma pesa menos que un elefante; aquí ya no hay nadie que marque lo jurídico y lo antijurídico, estamos en lo ajurídico, o sea, en el caos.

Pero también sabemos que el caos se organiza y la teoría del caos lo ratifica: el caos es inestable y al final se organiza. A veces lo hace en forma impredecible, pero en este caso se trata de lo que la teoría del caos considera un modelo caótico con atractor de punto fijo, así como el péndulo. En este caso, el atractor tiene su punto fijo donde siempre, en el pueblo.

Un vacío de derecho, el no derecho, no lo puede resolver el propio derecho, que perdió eficacia. Lo ajurídico no puede resolverlo lo jurídico, porque precisamente es su ausencia, en un espacio en que, quienes debían dar eficacia al derecho, optaron por hacer lo que les da la gana y vaciaron de derecho el espacio social. El caos debe resolverlo la política y, conforme a toda idea democrática, el protagonista de la política es por esencia el soberano, es decir, el pueblo.

Lo hará el día que caiga en la cuenta de que este caos que los endeudadores de nuestra patria provocan, con los volcadores de letras, palabras e imágenes llamados periodistas de los medios hegemónicos, la Corte, sus pocos jueces adictos, sus ministerios públicos procesados y amparados en sus fueros, los jueces que guardaron silencio ante la posibilidad de ser nombrados sin acuerdo del Senado y por sugerencia de un prófugo en Uruguay, los diputados que no dan quorum y otros, en realidad los privan de jubilaciones a quienes fueron estafados por sus empleadores, de obras en sus provincias, de gas y electricidad, de comunicaciones, de caminos y universidades, de viviendas, de planes sociales, de mejor salud y educación, de su legislación laboral y de todo lo que un día significó una ampliación de sus derechos, obtenida por obra de sus propias luchas populares.

El pueblo lo hará el día que caiga en la cuenta de que esta no es una cuestión de discusión de elites políticas, sino de que lo han privado del derecho, de que le han hecho caer en un vacío jurídico, en el que no podrá reclamar nada a nadie, porque no hay nadie a quien reclamarle la observancia del derecho. Se desfondó lo jurídico para privar al pueblo de todo lo que consiguió en doscientos años de luchas populares, de federales, yrigoyenistas y peronistas, de todo eso que significó ampliación de ciudadanía real y que hoy está en peligro de gravísimo retroceso, y que sus principales agresores son todos los que hacen lo que se les viene en gana en el caos del hueco de derecho, de la ajuridicidad por ellos mismos creada.

En la lucha de los pueblos siempre hay avances, detenciones y retrocesos, pero no por eso debemos perder la confianza en el derecho, pues los pueblos, indefectiblemente, aunque muchas veces sin la celeridad deseada, devuelven el derecho, que es su único amparo ante las elites regresivas.

Buenos Aires, 26 de diciembre de 2022.

Profesor Emérito de la UBA

https://lateclaenerevista.com/el-pueblo-ante-la-ausencia-de-derecho-por-e-raul-zaffaroni/






SINDICALES Y TERRITORIO: Balance y perspectivas.

 


 

PAÍS: Nuevo recorte de Larreta de cara al 2023.


 

PAÍS: En Córdoba sin Schiaretti.


POLÍTICA: Solidaridad con Bolivia.

 

jueves, 29 de diciembre de 2022


 

«País de mierda»



«País de mierda»

Uno de los argumentos más utilizados por la derecha para cimentar su dominación «con la solidez de las creencias populares», como recordaba Gramsci, es persuadir a la población de que la Argentina es un «país de mierda». Para los cultores de esta abyecta acusación, injusta por donde se la mire, la razón de fondo de tan desgraciada situación radicaría en que quienes constituimos esta Nación somos un «pueblo de mierda». Esto se insinúa y se dice a veces recurriendo a eufemismos, aunque en tiempos recientes el sicariato mediático y los políticos de la clase dominante lo hacen cada vez con menor disimulo.
Cabe preguntarse: ¿por qué están redoblando esta ofensiva contra la autoestima nacional? ¿Por qué desearon tan ostensiblemente el fracaso de la selección nacional en Qatar, algo visible hasta para un ciego y audible hasta para un sordo? Respuesta: porque luego del fallido intento de magnicidio contra Cristina Fernández, el monstruoso fallo de la Causa Vialidad y su condena a la cárcel y la proscripción de por vida y, poco después, la escandalosa irrupción del affaire Lago Escondido y las revelaciones del chat de Telegram la peor noticia para la derecha era una oleada de entusiasmo popular. La obtención de la Copa del Mundo fue un cañonazo que sacó a las masas de su resignación y quietismo, y todo eso ensombrece sus chances electorales para 2023.
Situaciones como esta fueron caracterizadas por Gramsci como «momentos de vida intensamente colectiva». Estas sacan al pueblo de la apatía que los opresores necesitan para sus negocios y se convierten en semilleros de entusiasmo, alegría y también de rebeldía. Son situaciones excepcionales en donde puede suceder algo imprevisible y novedoso como, por ejemplo, producir en el seno de las masas una súbita toma de conciencia de su fuerza y condensar –y eventualmente, resolver– en una dirección inesperada el conflicto de clases.
Por eso la derecha siempre le temió al pueblo en las calles, a la comunión que se gesta en momentos como los que se vieron el pasado domingo en todo el país y que hace que enormes multitudes caigan en la cuenta de que pueden ser las dueñas de su destino. Por eso teme que este remezón de las conciencias haga que cale hondo en la opinión pública la convicción de que «el sistema social prevaleciente en el mundo moderno es –como genialmente lo advirtiera Tomás Moro hace 508 años– una conspiración de los ricos para promover sus propios intereses bajo el pretexto de organizar a la sociedad». (Utopía, Penguin Classics, p. 130.)
Nada podría ser más acertado que esa breve sentencia de Moro para comprender la situación de nuestro país, dado que estamos sometidos a una confabulación mafiosa en donde las grandes fortunas han comprado o alquilado a jueces, fiscales, funcionarios, periodistas, académicos y toda la fauna «bienpensante» para saquear al país y sus habitantes, y acrecentar sus riquezas y privilegios hasta el infinito. Y para caer en la cuenta que sus discursos «republicanos», exaltando el «orden jurídico y el debido proceso», son burdas mentiras en las cuales ni ellos mismos creen pese a lo cual son utilizadas para ocultar sus verdaderos designios.

Los y las que sobran
Dado el razonamiento anterior es evidente que los dominantes necesitan un pueblo sin la menor autoestima, resignado, hundido en la tristeza y la impotencia, convencido de que somos un desastre e, incluso, se ha dicho, un estorbo que impide la prosperidad general. «A este país le sobran diez millones de habitantes», dijo José Alfredo Martínez de Hoz cuando era el superministro de Economía de la dictadura genocida. Los actuales herederos y apologistas de ese régimen monstruoso, varios de los cuales deslizan a diario sus venenosas invectivas en los «medios serios» que embrutecen al país, sin dudas dirían que hoy la población sobrante se ha multiplicado por lo menos por dos. Junto a esa descalificación global corre parejo el discurso de autoinculpación a los pobres por su pobreza, otro tradicional recurso de la clase dominante para perpetuar la sumisión y el fatalismo de las víctimas de su explotación.
Más allá de estas consideraciones generales son numerosos los antecedentes históricos y actuales que desmienten el discurso vilificador de la Argentina. En primer lugar, si el país fuera tan desastroso como se dice no habría 2.212.879 inmigrantes (casi un 5% de la población de Argentina, según el último censo) que arribaron a nuestras tierras en búsqueda de una vida mejor. Es el número más elevado entre todos los países de Latinoamérica y el Caribe y basta conversar con los estudiosos del tema y con los propios inmigrantes para saber las razones por las cuales vinieron a este país: educación y salud públicas, seguridad social (jubilaciones, pensiones, etcétera), derechos laborales, políticas sociales y, como tantas y tantos me lo han dicho, un mejor futuro para sus hijos.
¿Puede ser que sean todos unos estúpidos que eligen para acceder a una vida mejor emigrar a un «país de mierda»? No es así: vienen porque en la Argentina todavía sobreviven grandes conquistas sociales que ni remotamente existen en la mayoría de los países de la región. Para concluir con este punto: si uno compara la Argentina con Estados Unidos, otro país con una fuerte inmigración, la evidencia histórica comprueba irrefutablemente que Argentina, tan denostada por los mercenarios de los medios, supo integrar un crisol de etnias, culturas y religiones mucho mejor que Estados Unidos. Aquí no hubo guetos de minorías como los que todavía hoy existen en las grandes ciudades norteamericanas: una Little Italy por aquí, confrontada con una Little Ireland por allá, o con el gueto polaco, el Harlem Latino, con las black communities o el barrio chino; tampoco se han visto carteles que digan «queremos solo inquilinos blancos en nuestra comunidad blanca» y otras lindezas por el estilo. La segregación ecológica de las poblaciones inmigrantes ha sido y es una peste muy extendida en Estados Unidos que no hemos conocido sino en una forma muy atenuada en la Argentina en las primeras décadas del siglo XX.
Los comunicadores sociales contratados para desacreditar a este país prefieren ignorar este dato. También ocultan que su admirado Estados Unidos es el país con el mayor número de tiroteos masivos del mundo, donde es frecuente que un desquiciado entre a una escuela, una tienda o una iglesia y dispare a mansalva dejando un tendal de víctimas. Según el Gun Violence Archive este año finalizará con 675 muertos como producto de esa nefasta tradición, algo que hasta ahora no hemos conocido en la Argentina.

Derechos sociales
En segundo lugar, miremos algunas cuestiones sociales que atraen a muchos inmigrantes. En Estados Unidos no existe el aguinaldo, o decimotercer sueldo; en la Argentina sí, y este no es un dato menor. A diferencia de lo que ocurre en nuestra tierra, en el país del norte no hay licencia paga por maternidad: en el mejor de los casos se concede a la trabajadora un permiso de 12 semanas si es que está empleada en una empresa con un mínimo de 50 trabajadores. Se le conserva su puesto, pero no se le paga ni un centavo. Y si trabaja en una empresa más pequeña este derecho no existe. En la tan denostada Argentina la licencia por maternidad es obligatoria, tiene una duración de 90 días y la trabajadora continúa recibiendo su sueldo completo. No solo eso: en la Argentina existe desde 1945 el derecho a vacaciones pagas, establecidas por Juan Domingo Perón mediante un decreto cuando era secretario de Trabajo y Previsión; en Estados Unidos, en cambio, las vacaciones pagadas por el empleador no existen.
En fin, podríamos seguir con múltiples ejemplos que sin negar que la Argentina es un país que enfrenta graves problemas económicos,  sociales (entre ellos pobreza e inequidades varias) e institucionales –causados, precisamente, por los grupos económicos cuyos voceros se empeñan en vilipendiarla–, debe también reconocerse que hay ciertos rasgos dignos de elogio. Por ejemplo, su vigorosa vida cultural, y no solo en Buenos Aires.
Pero tomemos el caso de esta ciudad: 20,1 librerías por cada 100.000 habitantes, superando a Barcelona (19,8) y a Madrid (15,7) y duplicando los guarismos de Nueva York (9,4). Además tiene en el Teatro Colón a uno de los diez más importantes del mundo y la cantidad de obras teatrales estrenadas por año solo es comparable con las cifras de Londres, París o Nueva York. Aparte, tres premios Nobel de ciencias son de este país: Houssay, Leloir y Milstein, contra uno de España, Portugal, Venezuela y México, y dos premios Nobel de la Paz, todos egresados de la universidad pública. Por último, pese a la crónica crisis de financiamiento nuestras universidades son elegidas por 89.000 estudiantes extranjeros (21% de los cuales procedentes de Europa y América del Norte) que acuden a este país para recibir una enseñanza gratuita y de calidad. Para no contar con el hecho de que la Universidad de Buenos Aires ocupa el puesto 67 entre las 100 mejores universidades de todo el mundo.
En fin, la Argentina está lejos de ser un país perfecto (a ver, sociólogos, politólogos, perio-mercenarios: ¿cuál sería ese país, por favor?), pero decir que este es «un país de mierda» solo refleja la cualidad de nuestros grupos dirigentes y sus voceros que, desde los medios, propalan estas infamias. Tengo para mí la convicción de que el imaginario colectivo está reaccionando en contra de ese discurso de la resignación y la derrota. Los enormes festejos por la obtención de la Copa del Mundo podrían llegar a ser un parteaguas en la historia del imaginario popular argentino.